Sólo ellas saben: cocinar, amar, luchar

Guisaban, por supuesto. Y qué capacidad y qué manera de elaborar alimentos para cientos, para miles de maestros en plantón en la entrañable capital Oaxaca. Doña Marisol Garnica era casi una leyenda, multiplicadora de guisos desde el más humilde caldo de verduras y pollo, arroz y frijoles, hasta los tamales, atoles y platillos más sofisticados.

RESEÑA

Guisaban, por supuesto. Y qué capacidad y qué manera de elaborar alimentos para cientos, para miles de maestros en plantón en la entrañable capital Oaxaca. Doña Marisol Garnica era casi una leyenda, multiplicadora de guisos desde el más humilde caldo de verduras y pollo, arroz y frijoles, hasta los tamales, atoles y platillos más sofisticados.
No le quedaban a la zaga otras valerosas mujeres, como Loida Bautista, como doña Delfina Sánchez, Elodia, Natividad Mesinas, Bertha Badillo, Mary, Verónica, doña Inés y tantas otras no solamente milagreras de la cocina, sino presentes y activas en marchas, como la de Las Cacerolas del 1 de agosto de 2006, tomas de estaciones de radio, resistencia con piedras y barricadas contra la fuerza pública oficial y para repeler los embates de grupos paramilitares llamados caravanas de la muerte, donde encapuchados hacían el trabajo sucio de represión al movimiento a cualquier hora del día o de la noche.
El acto de guisar y luego transportar y distribuir los alimentos se convertía en gesta heroica cotidiana para apoyar plantones y barricadas que durante meses resistieron el asedio de las fuerzas militares, de policías locales y federales. Días y noches de no dormir para las mujeres: esas niñas, jóvenes, ancianas, abuelas eran capaces de trabajar y acompañar a los hombres en plantón durante el día y luego ocuparse de la cocina y hasta de organizar protestas callejeras en plena madrugada, con un poder escondido, soterrado, pero que la propia lucha sacó a relucir con toda la fuerza y autenticidad latentes durante años en ellas.
De esa portentosa presencia y fortaleza estaban hechas esas mujeres que describe la periodista e investigadora académica Olga Rosario Avendaño, con testimonios de las sobrevivientes diez años después de las históricas movilizaciones de los maestros y otras organizaciones que conformaron la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en 2006.
Olga Rosario Avendaño analiza los enfoques y tratamientos que la prensa local y nacional otorgaron a esta movilización que estuvo a casi nada de echar del gobierno al gobernador Ulises Ruiz, pero el liderazgo magisterial prefirió pactar después del desalojo violento de los plantones y barricadas el 25 de noviembre de 2006, a punto de tomar posesión en la presidencia de la República Felipe Calderón Hinojosa.
Un anterior intento de desalojo fue ensayado, sin éxito, por más de tres mil elementos de las Policías Federal Preventiva, Ministerial, Auxiliar, Cuerpo de Bomberos y la Municipal, el 14 de junio de 2006, lo que agravó aún más el conflicto que se había iniciado por la exigencia de retabulación de salarios como los de otras zonas del país y se transformó en la exigencia de destitución del gobernador que no dialogaba, pero sí reprimía el movimiento.
Esa fecha marca también el mayor involucramiento de las mujeres en actividades que antes se reservaban a los hombres, como “aparecer en público, tomar decisiones y hacer escuchar su voz”.
Hay escenas frecuentes de mujeres partiendo piedra y cantera para resistir a los embates de la autoridad y sus comandos paramilitares, mujeres pegando propaganda en la residencia misma del gobernador en San Felipe del Agua, abuelitas llegando a tomar el Canal 9 oficial después de tomar un autobús de pasajeros. Presente el liderazgo de la “doctora Escopeta”, como el oficialismo quiso apodar y tratar de estigmatizar a la doctora Bertha Muñoz, jefa de la brigada que atendía a múltiples heridos y golpeados de la APPO, quien era al mismo tiempo la muy respetada voz de la Radio Universitaria. El apodo se convirtió en emblemático y también las palabras con las que despedía sus transmisiones: “siempre con el corazón caliente y la cabeza fría”.
Este libro de Olga Rosario recoge conmovedores testimonios como el de la barricada Cinco Señores, a la que se incorporaron adolescentes y jóvenes en condición de calle. “jóvenes que no tenía nombre, jóvenes de la calle que querían un cambio también”, recuerda doña Rosa Melgar.
Hay en estas páginas un rescate de la dignidad con la que mujeres de todas las edades jugaron un papel de lucha, más allá de los límites que marcaban la tradición y la mentalidad de los varones. Ejercieron las tareas que les dictaron su conciencia, sus convicciones y la necesidad de solidaridad con hombres que también luchaban por la reivindicación de sus derechos ciudadanos y laborales.
Avisar de la cercanía de las caravanas de la muerte con el tañer de campanas de las iglesias, con el lanzamiento de cohetones, con organización de la autodefensa en barricadas, con la distribución de alimentos en las que ellas llamaron con humor las “barrigadas”, fue parte del despertar de las mujeres, quienes se manifestaban al lado de los profesores; pero también solas, como en la marcha de Las Cacerolas –sabedoras que del éxito que habían tenido antes en Argentina y Chile-; como en la toma del Canal 9; como el 2 de noviembre de 2006, cuando sin olvidar ni visitar a sus muertos, prefirieron luchar para impedir que la Policía Federal Preventiva entrara a las instalaciones universitarias.
El movimiento de 2006 en Oaxaca fue, concluye este texto, como una semilla sembrada que sigue fructificando ahora. En palabras de una socióloga que participó y estuvo presa, “nos dejó vivos y nos dejó con la esperanza de construcción”. ¿De qué? De un mundo diferente en donde justicia, igualdad, paz, dignidad y solidaridad sean vocablos cotidianos y verdaderos.

DETALLES
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