La visita y otros cuentos

Dejamos al lector una probadita de esta nueva fruta de la narrativa de Juan Manuel Negrete: “Eso de morirse, muchacho, es natural. Que te caiga un rayo, que te cuerne un toro o hasta que te desbarranques, es lo mismo que si te mataran bichos que no ves, a los que les dicen microbios. Las

RESEÑA

Dejamos al lector una probadita de esta nueva fruta de la narrativa de Juan Manuel Negrete:

“Eso de morirse, muchacho, es natural. Que te caiga un rayo, que te cuerne un toro o hasta que te desbarranques, es lo mismo que si te mataran bichos que no ves, a los que les dicen microbios. Las enfermedades y los accidentes son naturales. Mas eso de que un cristiano mate a otro, ni es natural ni puede aceptarse. Y que uno mismo se quite la vida, pues ya no tiene nombre. Pero hay muertes a las que uno no les halla la hebra. Ora verás. Te voy a platicar. Yo estaba como de tu edad. Ni veinte años tenía, cuando mi primo Nico se robó a una muchacha. ¡Qué hermosa era Catalina! Alta, bien cimbrada, su pelo largo y rubio, y unos ojotes zarcos… ¡Chula, vale! Hasta se me rasan los ojos de acordarme de ella.
“La trajo a la casa. La depositó. Era la usanza. Porque cuando se huían las muchachas con el novio y se quedaban a vivir aparte, se consideraban cuscas. Mi primo hizo bien las cosas. Le dio respeto y la trajo a la casona de mi abuelo, a depositarla. De ahí tenía que haber salido como novia, con sus ramilletes de azahares en el cuerpo y su vestido blanco. Y hubiera sido mujer de respeto, de su familia, bien casada. Pero no fue así. Se juntaron los grandes a ventilar el asunto. Revisando los hilos familiares mutuos encontraron que un primo de ella había matado a un tío mío. Eso había sido muchos años atrás, cuando la revolución; pero no olvidan las familias tamaños agravios. Y no los casaron. Ya te digo.
“La cosa es que la muchacha tampoco podía volverse a su casa. Ya no. No querían los suyos saber de ella, si no se casaba. La tomaban por una güila que se había largado, saliendo por la puerta falsa, y luego no se desposaba. Para ellos estaba como muerta. Eso dijo el padre. Era la menos culpable de semejante sanfrancia. ¿Qué culpa tenía de aquella muerte? Lo derecho era haberlos casado. Pero no lo hicieron. La muchacha quedó desamparada. No te creas, se complicó algo la cosa. Sólo que mi abuelo no era mala entraña y consintió al final en que ella se quedara en la casona con nosotros. Lo otro era mandarla a rodar al arroyo. Al que sí lo mandaron fue a Nico. Hasta a acá vino a parar, a trabajar y a radicarse aquí. Vivía entonces aquí otro tío nuestro y él lo aceptó. Ese fue el arreglo. Separaron a los amantes. Y pareció calmarse todo.
“No te admires. Antes obedecía uno a los grandes, sin chistar. Vivíamos en santa Rosa. Todo era trabajar, y a lomo partido. Y los que mandaban eran los viejos. Era una vida de familias. ¡Quién sabe si sería mejor que ahora! Pero funcionaba. Pronto se acomodó acá mi primo. Ni nuestra familia quiso esa cruza, ni la de la muchacha la hubiera aceptado tampoco; éramos muy delicados. Impidieron la boda y echaron tierra al caso. Aquel vale se olvidó de ella y Catalina se volvió como de la familia, de la de nosotros.

“Pero fíjate bien. Con lo que no contaban ni mi abuelo, ni mi padre, era con que Cata, mi narigata, así le pusimos de cariño, ya había probado y no se iba a estar quieta. Yo también estaba fogoso en ese entonces. Me ganaba ella como por cinco años, pero no tenía que ver. Te aclaro que no soy dañero. No anduve tras ella. La naturaleza es la brava. Yo nuevo, ella ganosa, pronto nos entendimos. A escondidas, claro está, porque nadie tenía que enterarse de lo nuestro. No se trataba sólo de la discreción que deben guardar dos amantes. Estaba ahí también el ingrediente de que había sido mujer de mi primo. Por un rato si quieres, pero lo había sido. Era fruta prohibida”.

DETALLES
  • Tipo de pasta: NA
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