Fosas Comunes. Fosses comunes

En un país que se dice defensor de los derechos humanos, un país que amo y me duele profundamente (y cuya población, en general, respeto y admiro), la violencia ha cobrado de 2006 a 2014 (oficialmente, y no me atrevo a imaginar la cifra real) unas 100,000 vidas. A eso hay que añadir por lo

RESEÑA

En un país que se dice defensor de los derechos humanos, un país que amo y me duele profundamente (y cuya población, en general, respeto y admiro), la violencia ha cobrado de 2006 a 2014 (oficialmente, y no me atrevo a imaginar la cifra real) unas 100,000 vidas. A eso hay que añadir por lo menos 30,000 desaparecidos. La mayoría de esas vidas segadas prematuramente pertenecían (si es que la vida nos pertenece) a personas cuyas manos no estaban libres de sangre. Sin embargo, muchas, demasiadas, eran las de personas valientes que luchaban por un mejor país, sabiendo que al hacerlo ponían su vida en riesgo. O bien, eran las vidas de gente que había recibido amenazas por negarse a participar en las actividades del crimen organizado o las de inocentes que estuvieron en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Uno no puede quedarse sosegado, a menos que elija vivir en la negación o la indiferencia, como han escogido hacerlo algunos (y excluyo aquí a los que tienen miedo porque la violencia circundante los tiene directamente amagados). Pues en este país, cada día rige más el estado de excepción. Quedarse callado ante la barbarie porque uno todavía no ha sido víctima contribuye al triunfo de una demencia extendida que tiene muchos rostros y ahora desempiedra los caminos, del Río Bravo al Usumacinta. A todos aquellos que dieron su vida, concientemente o no, para que un día brille la Justicia y se establezca un Estado —aquí hablo de todos los Estados a escala mundial, no sólo de México— donde no se pueda matar, torturar y oprimir impunemente, dedico este poemario. Lo empecé a escribir hace varios años y quiero concluirlo, tristemente, con la matanza de Ayotzinapa, Guerrero, hecho deplorable perpetrado presuntamente por las autoridades a finales de septiembre del 2014. En ese lugar que será recordado siempre como escenario de sucesos abominables, fueron secuestrados ante varios testigos oculares 43 estudiantes normalistas que no estaban haciendo uso de ningún arma, después de un día de ataques que dejó un saldo de varios transeúntes y jóvenes muertos, de los cuales uno fue desollado. Los eventos de Ayotzinapa han suscitado repudio e indignación generalizada en toda la nación.
María Luisa González Aguilera, en su tesis doctoral sobre el arte corporal, nos recuerda lo que es la oficialización de la impunidad: Lo que define la condición de homo sacer no es, pues, tanto la pretendida ambivalencia originaria de la sacralidad que le es inherente, como, más bien, el carácter particular de la doble exclusión en que se encuentra apresado y de la violencia  a la que se halla expuesto. Esta violencia —el que cualquiera pueda quitarle la vida impunemente a otro— no es clasificable ni como sacrificio ni como homicidio, ni como ejecución de una condena ni como sacrilegio. […]Queda así sustraída a las dos formas posibles de sanción: el derecho humano y el divino. Tal violencia abre una esfera del actuar humano igualmente ambigua: no se ciñe al proceder profano ni al divino. Esa esfera es la de la decisión soberana, que suspende la ley en el estado de excepción e incluye así en él la nuda vida.
La voz de la poesía parece un susurro apenas audible ante tanta sangre derramada. ¿Qué puede aportar un poema en un contexto de impunidad, de banalización de las atrocidades que llenan los noticieros nacionales? Pues atrás de cualquier apatía generalizada, hay una enorme dosis de egoísmo, hay enajenación de las masas con los artículos de marca, el mundo de la farándula, la comodidad propia, o bien, hay la persecución desenfrenada de bienes materiales. Leer u oír con indiferencia acerca de las fosas clandestinas que a esas alturas constelan el país (¿acaso su descubrimiento no se ha vuelto un hecho común?) es el primer paso hacia el crimen; de menos, hacia el delito de omisión, que es el más peligroso de todos, porque es el que a la larga permite todas las demás infamias.

DETALLES
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