El último cristero

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Luis Sandoval Godoy sacó un día de algún cajón de su escritorio un original mecanografiado de una pequeña novela con el título de El último cristero y nos la puso frente a los ojos diciendo: “a lo mejor vale la pena publicarla, durante mucho tiempo pensé que ya no valía nada, pero hace poco la

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RESEÑA

Luis Sandoval Godoy sacó un día de algún cajón de su escritorio un original mecanografiado de una pequeña novela con el título de El último cristero y nos la puso frente a los ojos diciendo: “a lo mejor vale la pena publicarla, durante mucho tiempo pensé que ya no valía nada, pero hace poco la encontré y la estuve releyendo y dije, a lo mejor sí.” Y entonces nosotros nos pusimos a leerla y en poco tiempo, incluso antes de terminar sus páginas, coincidimos con don Luis. Por eso aquí está, en papel, todavía vigente después de tantos años escrita.

Tiene el sabor de todos los escritos sandovalianos y claros vasos comunicantes con la otra novela dedicada al tema de la cristiada, y que ha tenido mayor fortuna mediática: La sangre llegó hasta el río.

Para que el lector dé una probada, dejamos en seguida unos fragmentos de la obra:

Sólo con oír que andaban aquí unos señores de estas y estas señas, entendí cuál era su asunto. Creerán que ya han venido otras personas como ustedes a tomar noticia de Ambrosio. Me lo preguntan a mí porque piensan que yo puedo darles cuenta del paradero de ese individuo.

Pásense a la sombrita, mira pues. ¿Por aquí andas, muchacha…? Es mi sobrina que me hace compañía y me cuida. Anda dile a tu madrina que les traiga un jarro de agua fresca a estos señores.

Aquí en estos lugares tan apartados, aquí olvidados no tiene uno qué ofrecer. No sé cómo vine a dar. Me acuerdo de un amigo por allá de los tiempos de la Cristera, le decíamos el Toro Bisco miren, pues. Yo tenía mis ojos buenos en aquel tiempo y tomé parte en la revolución.

Ah, pos este Torito, cuando nos asilenciaron, cuando se hicieron los arreglos, me dijo un día: no, Layo, acá no estamos bien. Vivíamos en Jalpa, uno de los puntos donde se dio la lucha con más fuerza. Vámonos perdiendo un tiempo, antes de que nos toque a nosotros.

Porque sucedió que a todos los que combatimos nos quisieron cobrar cuentas. Quiero decir que fueron matando de uno por uno a todos los que se distinguieron en la Cristera.

Nomás íbamos teniendo noticias: ora Pedro, ora Juan Antonio, ora Nacho; pos ai todos iban apareciendo balaceados unos al otro lado de una cerca, otros en un zanjón; y nadie podía hacer nada.

Vámonos, Layo, antes de que nos amuelen. A menos que nos pongamos a hacerle la barba a los del gobierno, a los militares instalados en cada pueblo, porque las cosas están poniéndose feas.

Eso fue lo que sucedió y lo que hizo Ambrosio Romero, un muchacho grueso él y bajito, de cachetes inflados, que anduvo con nosotros en la lucha y se distinguió, muy cierto es esto, se distinguió por su voluntad, su valor, su desempeño en las armas.

Pensó y lo hizo; anduvo barbiando al gobierno, ofreciéndose para ir a cumplir las órdenes que le daban: vigila a fulano, sigue los pasos de zutano, no te alejes de perengano. Luego nosotros te vamos diciendo aquioras..

Y sí, hizo el trabajo de un verdugo a las órdenes del gobierno en contra de nosotros, después que por mucho tiempo y en muchos combates anduvo con nosotros, peleando en contra del que se nombraba supremo gobierno.

Anden, señores, tomen su agua; no tenemos aquí otra cosa que ofrecerles. Con este calor, este sol de infierno, se gusta bien un jarrito de agua. Si hubiera sabido que venían, les pido por ahí que me traigan unas pitayitas o una sandía de allá de los arenales del río. A ver si luego, mira pues”.

DETALLES
  • Tipo de pasta : NA
  • Editorial: NA
  • Idioma: NA
  • ISBN-10: NA
  • Dimensiones : NA
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